
Lunes 10 de agosto de 2026. 7:34 a. m.
El Servicio Geológico Colombiano (el SGC, la entidad estatal que monitorea la actividad sísmica del país) registró un movimiento en el occidente colombiano que duró alrededor de noventa segundos. Nunca habíamos sentido un temblor tan largo. Los segundos se hicieron interminables, y solo podíamos esperar lo mejor ante la impotencia de no poder hacer nada al respecto. Edificaciones enteras se desplomaron, casas se agrietaron, conjuntos residenciales completos quedaron en el piso. En algunos videos grabados desde las alturas se ve, segundos después, a toda Pereira envuelta en una nube de polvo, y detrás de ella el caos.
Al caos lo siguió la caída de los servicios públicos: la energía, el agua, el gas, el internet. Ese último fue el que más daño hizo. Sin señal no había forma de comunicarse, y sin noticias de tu familia ni de tus amigos, la única opción era ir a verlos, uno por uno. La ciudad entera salió a la calle al mismo tiempo. Las vías se taponaron, gente a pie entre los carros, motos por el andén, todos yendo en direcciones distintas a buscar a alguien. Se parecía a las escenas de éxodo de las películas de zombies, solo que nadie estaba huyendo: todos íbamos hacia alguien. Nunca había visto la ciudad así.
Yo vivo en Pereira. Y dos semanas después todavía no tengo una forma limpia de describir cómo está la ciudad. Gran parte de Pereira está destruida, o irreconocible, y mucha gente necesita ayuda. No es una estadística, es la realidad que estamos viviendo.
Qué pasó, en concreto
El epicentro estuvo cerca de San José del Palmar, en el Chocó, a unos 20 km del casco urbano. Magnitud 7,4. Profundidad de 103 km según el SGC, aunque el USGS (el servicio geológico de Estados Unidos) lo calcula un poco más hondo, en 110 km.
Esos 103 kilómetros de profundidad son la razón por la que este no se sintió como ningún temblor anterior: duró noventa segundos, lo sintieron en tres países y el daño quedó repartido en vez de concentrado.
No fue una falla superficial rompiéndose debajo de una ciudad. Frente a la costa Pacífica, la placa de Nazca se hunde por debajo de la Sudamericana. Es subducción, el mismo proceso que levantó los Andes. Este sismo ocurrió adentro de esa placa que ya va descendiendo, a más de cien kilómetros de profundidad. El USGS lo clasifica como falla de rumbo dentro de la placa, no como una ruptura en el límite entre placas.
Es decir: la energía vino de muy abajo y se repartió sobre un área enorme en vez de concentrarse en un valle. Llegaron reportes de haberlo sentido desde 900 centros poblados, según el SGC. Se sintió en Panamá. Se sintió en Venezuela. Y siguió y siguió porque, en palabras del SGC, cuando hay magnitudes tan altas, la energía liberada no alcanza a disiparse completamente por debajo de la superficie.
Es el sismo de mayor magnitud registrado en Colombia en este siglo.
Después empezaron las réplicas. Dieciocho al mediodía del primer día. Más de 130 a las seis de la mañana del 12 de agosto, entre 0,6 y 4,8, concentradas en San José del Palmar, El Litoral del San Juan y Sipí. El 13 volvió a temblar fuerte en el Chocó de madrugada.
Las réplicas son la razón por la que la gente dejó de dormir tranquila. Y son la razón por la que ningún reporte de daños servía por mucho tiempo: una casa que amanecía firme el martes podía agrietarse esa misma noche. Dos semanas después seguimos en alerta: quedan muchas edificaciones golpeadas que siguen en pie pero en riesgo permanente de desplomarse, y que van a tener que demolerse lo más pronto posible.
Las cifras de la catástrofe
Acá quiero ir con cuidado. Voy a usar números porque es la única forma de dimensionar lo que pasó, pero cada cifra de esta sección son personas: alguien con nombre, con casa, con familia. Es también donde mucha escritura sobre desastres se tuerce sin que nadie se dé cuenta. Por eso cada cifra de acá abajo viene con dos cosas: de dónde salió (la UNGRD, las alcaldías, el SGC, el DANE (el departamento nacional de estadística), prensa cuando no hay conteo oficial) y a qué hora se registró. En una emergencia, un número sin fecha no es un dato. Es una foto vieja.
Una aclaración: cuando doy una cifra sin decir de qué ciudad es, es nacional. Escribo desde Pereira porque es donde vivo, pero el sismo no fue local: sacudió dieciséis departamentos, y las tres ciudades con más fallecidos quedan en tres distintos.
Entre el 10 y el 21 de agosto las cifras oficiales cambiaron todos los días, y a veces varias veces al día. La UNGRD (la unidad nacional que coordina la respuesta a emergencias), Asocapitales (la asociación de ciudades capitales), las alcaldías y las gobernaciones publicaron consolidados diferentes en el mismo momento. No porque alguien mintiera. Porque cada una cortaba a una hora distinta, y durante los primeros días no había un consolidado nacional único.
Así se ve:
| Registro | Fallecidos | Heridos | Desaparecidos |
|---|---|---|---|
| 10 ago (preliminar) | 132 | 570 | — |
| 12 ago, 7:30 a. m. | 239 | 3.755 | 287 |
| 13 ago, 5:00 p. m. | 281 | 3.971 | 379 |
| 14 ago, 9:00 a. m. | 288 | 4.018 | 202 |
| 15 ago, 6:30 a. m. | 294 | 3.935 | 320 |
| 16 ago, 6:30 p. m. | 287 | 4.147 | 194 |
| 21 ago, 6:30 a. m. | 321 | 4.595 | 257 |
| 21 ago, 6:30 p. m. (UNGRD) | 329 | 4.600 | 247 |
Las dos últimas filas son del mismo día, con doce horas de diferencia. Es el último balance publicado al momento de escribir esto: 154.014 familias, unas 314.751 personas, repartidas en 481 municipios.
Los datos fluctuaron día a día. Los desaparecidos: 379 el 13 de agosto, 202 al día siguiente, 320 al otro, 194 al otro. Los fallecidos entre el 15 y el 16: de 294 a 287, hacia abajo. Y los edificios colapsados, entre el 20 y el 21 de agosto: de 302 a 467 y luego a 553, mientras los averiados bajaban de 5.809 a 5.726.
Nada de eso es un error de nadie. Los desaparecidos que bajan son personas que aparecieron: que se reunieron con su familia, que estaban en un albergue, que fueron identificadas. Los que vuelven a subir son reportes que todavía no habían entrado al consolidado. Una cifra de fallecidos que baja suele ser un duplicado depurado, dos entidades contando a la misma persona. Y los 251 edificios que aparecieron colapsados en treinta y seis horas no se cayeron en esas horas: es la inspección avanzando, y cada estructura que un ingeniero entra a revisar puede cambiar de columna. Detrás de cada corrección hay seres humanos cruzando listas. Voy a volver a eso más adelante en la serie, porque parte de ese cruce ocurrió en software que no existía la semana anterior.
Los fallecidos por departamento, con corte al 13 de agosto (el último desglose que publicó la UNGRD): Valle del Cauca 125, Risaralda 94, Chocó 14, Caldas 6, Quindío 3, Antioquia 1. Según Asocapitales, las ciudades capitales concentraron cerca del 75 % de los fallecidos. Este fue un desastre urbano. Ojo: esos seis departamentos suman 243, y el consolidado nacional de ese mismo día iba en 281. No cuadran, y no encontré explicación oficial de la diferencia.
Y por ciudad. En fallecidos y desaparecidos, la primera cifra es el consolidado de Asocapitales del 11 de agosto y la segunda el corte más reciente de cada alcaldía. Colapsos y afectadas son del corte más reciente:
| Ciudad | 👤 Fallecidos | 👤 Desaparecidos | 🏢 Colapso total | 🏢 Afectadas | Registro |
|---|---|---|---|---|---|
| Cali | 95 → 147 | 180 → 47 | 24 | 8.030 | 20 ago |
| Pereira | 79 → 99 | 37 → 132 | 66 | 35.263 | 19 ago |
| Quibdó | 9 | 5 | 23 | 862 | 11 ago |
| Manizales | 5 → 6 | — | n/d | ~10.000 | 20 ago |
| Armenia | 0 | — | 0 | 14.278 | 20 ago |
Vale la pena detenerse en la primera fila. Este artículo está escrito desde Pereira, pero la ciudad que puso más víctimas mortales fue Cali. Al 20 de agosto la alcaldía reportaba 147 fallecidos, 1.657 heridos y 47 desaparecidos, esta última cifra ya depurada contra las listas de las entidades de salud y de las familias. Iban además 24 edificaciones con colapso total y 33.320 toneladas de escombros retiradas. Cali tiene cerca de 2,3 millones de habitantes, casi cinco veces la población de Pereira, así que el golpe quedó repartido sobre muchísima más gente. Pero en número de fallecidos ninguna otra ciudad se le acercó.
Registro aquí solo cinco ciudades porque son las únicas con un punto de partida comparable: el consolidado de Asocapitales del 11 de agosto fue el único desglose ciudad por ciudad de toda la emergencia, y Asocapitales, como lo dice su nombre, agrupa capitales. Sin esa línea de base no hay “antes y después” que mostrar. Pero de los 481 municipios afectados, los otros 476 no tienen quien los consolide: cada alcaldía publica lo que puede, cuando puede, en el formato que se le ocurra, y nadie junta esas piezas.
Y es importante resaltar que todas estas cifras hay que tomarlas con pinzas. Cada alcaldía cuenta distinto. Cali lleva 998 edificaciones verificadas de 8.030 reportes. Armenia registra predios y no viviendas. Manizales nunca separó los colapsos de los daños estructurales, por eso su casilla está vacía, y da su total de viviendas como aproximado. Ninguna terminó de contar. Estamos en los primeros días de una emergencia que todavía no tiene consolidado final. Estas columnas sirven para dimensionar cada ciudad por dentro, no para compararlas entre sí.
Fuera de las capitales están los municipios que casi no salieron en el noticiero. San José del Palmar, el epicentro. Sipí, Nóvita y El Litoral del San Juan, en el Chocó, donde se concentraron las réplicas. Dosquebradas, pegado a Pereira, reportó siete fallecidos y más de 250 viviendas afectadas; La Virginia, un fallecido y unos treinta heridos. Quimbaya, un municipio de cincuenta mil habitantes en el Quindío, terminó con 1.000 viviendas afectadas, 450 destruidas y más de 800 familias damnificadas, la mayor proporción de daño habitacional de todo el departamento.
Y Buenaventura quedó aislada y sin agua, con el centro de casas de madera en el piso. Semana llegó hasta San José del Palmar y volvió con un titular que dice bastante sobre dónde estaban puestas las cámaras: Quibdó, la capital del Chocó, estaba en ruinas.
Y ahí hay una pregunta que me apareció armando la tabla de arriba: si el epicentro fue el Chocó, ¿por qué Quibdó es la única capital sin un corte posterior al 11 de agosto? Del departamento sí hay cifras, y son las que acabo de citar. De su capital no. Mientras Cali, Pereira, Manizales y Armenia publicaron balances municipales propios hasta el 19 y el 20 de agosto, Quibdó no volvió a publicar. Lo busqué a propósito y no aparece. No es que allá haya pasado menos. Es que contar también es infraestructura.
El Chocó es el departamento más pobre de Colombia. El 13 de agosto, tres días después del sismo, el DANE publicó los datos de 2025: 65,3 % de pobreza monetaria y 44,3 % de pobreza extrema, los más altos del país. El titular de El Espectador ese día lo dijo mejor de lo que yo podría: Chocó ya vivía el desamparo.
Las cifras que sí hay alcanzan para el tamaño del golpe. Al 13 de agosto reportaban afectaciones 29 de los 31 municipios del departamento, el 93 % del Chocó: se cayeron 7 centros de salud, 38 colegios y 6 acueductos, y el Hospital Departamental San Francisco de Asís llegó a operar con la red hospitalaria al 300 % de su capacidad. Ese mismo día iban 21.216 damnificados, 1.144 viviendas destruidas y 8.868 averiadas; la gobernación reportaría después 3.128 destruidas y 19.137 averiadas. Y mientras eso se contaba, en Quibdó no había medicamentos ni atención médica, y los barrios se sostuvieron con ollas comunitarias, armadas con lo que cada vecino pudiera aportar: unos pesos, o alimentos no perecederos, según contaba una habitante. Las primeras 36 toneladas de ayuda llegaron escalonadas entre el 12 y el 14 de agosto.
Un terremoto no cae sobre un territorio neutral. Cae sobre el que ya estaba. Y el mismo vacío que hace que la ayuda llegue tarde hace que los datos lleguen tarde, o no lleguen. Cuando una región no aparece en las cifras, la explicación casi nunca es que no le pasó nada.
Armenia quedó en pie, y la norma explica por qué
Armenia merece una mención especial: no colapsó totalmente ni una sola edificación. Lo publicó El Tiempo el 15 de agosto y El País lo confirmó al día siguiente. Lo que sí hay son 80 edificaciones con orden de evacuación por riesgo de colapso, y cero víctimas mortales por edificaciones caídas. Las tres que registró el Quindío fueron consecuencias indirectas del temblor. Una mujer cayó desde un balcón en pleno centro de Armenia mientras la tierra todavía se movía, y murió dos días después. Otra quedó atrapada en un derrumbe en la vía Montenegro–Quimbaya, en moto, camino al trabajo.
Ese cero de víctimas directas llama la atención sobre todo por dónde ocurrió. Armenia no es una ciudad cualquiera en esta historia. El 25 de enero de 1999, un sismo de magnitud 6,1 con epicentro en Córdoba, Quindío, la destruyó. Murieron 1.185 personas en el Eje Cafetero, 921 de ellas en Armenia. Fue el terremoto más mortal en la historia del país. La ciudad se reconstruyó prácticamente desde cero.
Veintisiete años después, un sismo que liberó unas noventa veces más energía (la escala de magnitud es logarítmica, y 1,3 grados de diferencia se multiplican así) dejó al Quindío entero con tres.
Chequeado enumeró los factores que deciden qué tan destructivo termina siendo un sismo, y la magnitud es apenas uno: la profundidad del evento, la distancia al epicentro, el tipo de suelo, donde el sedimento blando amplifica el movimiento y la roca no, y la vulnerabilidad de la edificación.
Los tres primeros son geografía. Se heredan. El cuarto es una decisión que alguien tomó.
Esa diferencia tiene nombre: la norma sismorresistente. Colombia tiene código antisísmico obligatorio desde 1984, expedido a raíz del terremoto de Popayán del 83. Se actualizó en 1998 y hoy rige la NSR-10, vigente desde julio de 2010. Armenia se reconstruyó bajo norma, y hoy la mayor parte de lo que hay en pie allí se levantó después de 1999.
Acá está la parte que casi todo el mundo entiende mal, yo incluido hasta que me puse a leer: la NSR-10 no promete que tu edificio quede bien. Promete que no se caiga. El texto de la norma lo dice sin rodeos: una edificación diseñada bajo el Reglamento debe resistir “un temblor fuerte con daños a elementos estructurales y no estructurales pero sin colapso”, y ante un sismo de esa magnitud deben esperarse daños “reparables, aunque en algunos casos pueda que no sea económicamente factible su reparación”. El objeto declarado es “reducir a un mínimo el riesgo de la pérdida de vidas humanas”. Un edificio puede quedar agrietado, evacuado y finalmente condenado, y aun así haber cumplido: no se cayó, y la gente que estaba adentro salió con vida. Que una edificación quede destruida pero en pie no significa que la norma falló. Muchas veces es la prueba de que funcionó.
La norma es más estricta donde más importa: hospitales, colegios, universidades, estaciones de bomberos, lo que el Reglamento llama edificaciones indispensables y de atención a la comunidad, donde exige además que el daño no sea “tan severo que inhiba la operación y ocupación inmediata y continuada”. Por eso las cifras de salud son las que más me inquietan. El Hospital Universitario del Valle tuvo colapso parcial y siete grandes instituciones de salud de Cali fueron evacuadas por fallas estructurales. Al corte del 20 de agosto iban 348 centros de salud y 3.483 centros educativos afectados en todo el país.
Y aun así, la mayoría de las construcciones en Colombia no se diseñan con la NSR-10. Tenemos una norma obligatoria con más de cuarenta años de aprendizaje detrás, y un parque construido que en buena parte es anterior a ella o la ignora.
Por eso Armenia no es casualidad. Es la evidencia más limpia que dejó este terremoto: donde se construyó bajo norma, la gente salió caminando. Federico Núñez, profesor de Ingeniería Civil de la Javeriana, lo puso en términos de diseño: “Que haya cero muertos es el objetivo de la ley para garantizarle al usuario de la vivienda”. No es suerte. Es la norma haciendo exactamente lo que se le pidió.
Y ahí está lo incómodo de hacer las cosas bien: casi nunca se ve. Nadie graba un edificio que se quedó en pie. Armenia no salió en los titulares esta vez, y por eso mismo es la mejor noticia de todo el balance. El trabajo bien hecho no produce imágenes, produce ausencias: gente que no murió, familias que no quedaron en la calle, una cifra que nunca existió y que por lo tanto nadie va a contar.
Pero que las víctimas mortales hayan sido pocas no significa que Armenia esté bien. De los 14.278 predios afectados que registró la alcaldía, alcanzó a inspeccionar 2.100 y 354 quedaron en riesgo rojo, es decir inhabitables: 235 casas y 119 edificios o conjuntos, equivalentes a 2.401 unidades de vivienda y unas 6.427 personas. La norma les salvó la vida, no el techo. El albergue del Coliseo del Sur llegó a 56 familias, cerca de su tope de 60 y la alcaldía evalúa abrir otro más grande. Están recibiendo mercados, agua, kits de cocina, colchonetas y cobijas, y van a necesitar ayuda durante meses. Pero como casi no hubo víctimas mortales, Armenia dejó de ser noticia en cuestión de días. La ayuda tiende a llegar donde estuvieron las cámaras.
La factura de esa diferencia se pagó hace veintisiete años. Se pagó con reglamentos aburridos: normas técnicas que nadie lee por gusto, políticas públicas que no le ganan una elección a nadie, curadores urbanos revisando planos, inspecciones que en su momento a alguien le habrán parecido un trámite molesto. La pagó gente que no iba a estar acá para verla cobrada. Esa es la razón de fondo por la que cuesta tanto sostener una norma: el que asume el costo casi nunca es el que recibe el beneficio.
Pero se cobra. Veintisiete años después, un lunes a las 7:34 de la mañana, se cobró toda de una.
Pereira, mi ciudad
El Tiempo la llamó la ciudad más golpeada, y el conteo de edificios explica por qué.
El reporte temprano de la Alcaldía: 66 edificaciones con colapso total, 26 con colapso parcial, más cientos de viviendas afectadas. Buena parte de ese inventario es anterior a la norma sismorresistente, o se levantó sin aplicarla, algo que los ingenieros venían advirtiendo desde antes del sismo. Esa cifra de 66 se mantuvo en el censo estructural del 19 de agosto, pero no es la única que circuló: John Henry Mora Galvis, presidente de la Asociación de Ingenieros de Risaralda, estimó unas 80 estructuras completamente colapsadas cuando solo se había evaluado el 10 % de los cerca de 180.000 predios de la ciudad. No se contradicen: una cifra es lo verificado y la otra lo proyectado. Mora advertía además que el inventario final iba a ser bastante mayor.
Del resto del balance: 243 personas rescatadas, 279 trasladadas a clínicas y hospitales, 14 animales sacados de los escombros. Al 19 de agosto la cifra de Pereira iba en 99 fallecidos y 132 desaparecidos.
La cantidad de edificaciones destruidas y averiadas es impactante, y entre ellas hay algunas que llaman la atención. El edificio Invico, sobre la Avenida Circunvalar, es uno de los que todo el mundo menciona con asombro. Su piso doce simplemente no está. Tres personas quedaron atrapadas ahí y no pudieron ser recuperadas, porque no quedó paso entre pisos.
Ese edificio merece una mención aparte, ya que dejó muchas preguntas. Se construyó en la década de 1970, o sea que es anterior a cualquier norma sismorresistente colombiana: el primer código obligatorio llegó en 1984. Había aguantado los sismos de 1995 y 1999, y aun así nadie ha explicado por qué esta vez se cayó un solo piso mientras el resto quedó en pie. No hay causa oficial. Circula una hipótesis en redes: que dentro del edificio se habían tumbado muros en remodelaciones internas. Está sin confirmar oficialmente y habrá que investigarla, pero apunta a algo que sí es cierto y que mucha gente no respeta: en una edificación no todos los muros son iguales. Unos solo dividen espacios; otros están cargando el edificio. Tumbar uno del segundo tipo sin un ingeniero al lado es quitarle una pata a la estructura.
Y ahí está la otra cara de todo lo que conté sobre la norma. La norma responde por cómo se construyó una edificación. Por lo que se le haga después responde el propietario: modificar el sistema estructural de un inmueble exige licencia de construcción, y son las curadurías y las oficinas municipales las que deben exigirla. La responsabilidad existe. Lo que no existe es una vigilancia que permita garantizar que se cumpla, ni forma de saber si un edificio entregado en regla lo sigue estando veinte años después.
El Invico no fue el único. Un edificio contiguo a la alcaldía de Pereira, parte de la emblemática calle del tuvo, se desplomó por completo momentos después del sismo, y, afortunadamente, las autoridades no reportaron fallecidos ni desaparecidos en esa estructura.
Aparte quiero mencionar la Universidad Tecnológica de Pereira, de donde soy egresado. El edificio de la Facultad de Ciencias Ambientales, uno de los más emblemáticos del campus, quedó destrozado, aunque sigue en pie, y varias secciones de techo cayeron dentro de la universidad y dejaron estudiantes lesionados. La UTP pasó toda su actividad académica y administrativa a modalidad virtual y restringió el ingreso al campus mientras equipos técnicos inspeccionan edificio por edificio: varios presentan daños y no hay fecha de retorno, solo un reingreso “gradual y programado” a medida que se verifiquen las condiciones de cada instalación. La universidad organizó la respuesta en cuatro fases, de la evaluación estructural a la normalización progresiva.
Me duele verla así, y va a pasar tiempo antes de que vuelva a funcionar en todo su esplendor.
Y está La Lorena, el conjunto residencial que más ha sonado en Pereira. Eran 16 torres de cinco pisos donde vivían unas 500 personas, en uno de los barrios más tradicionales de la ciudad. Hoy más del 80 % de esas edificaciones está en riesgo: unas quedaron reducidas a escombros y otras quedaron inclinadas, y las 16 torres de La Lorena 3 quedaron en ruinas. Ahí murió gente. Los rescatistas alcanzaron a oír a algunas pedir ayuda y no pudieron sacarlas.
Lo que más me impresiona es que esos edificios ya habían pasado por esto. Aguantaron el sismo de 1999 con daños en las fachadas, y después les hicieron un reforzamiento estructural. Aun así, veintisiete años más tarde, se perdieron. Lo que quedó en pie va a tener que demolerse.
Mi hermano vivía ahí y afortunadamente salió con vida. Es una historia que me toca de cerca, y es apenas una más dentro de las cifras de damnificados que perdieron su hogar en ese conjunto. Hay infinidad de historias así, y no alcanzaría este artículo para contarlas todas.
Y el 18 de agosto, ocho días después del terremoto, una casa de tres pisos en la calle 26 con carrera 11 se cayó sola. No hubo heridos: la fachada estaba marcada con el aviso de riesgo de la alcaldía, y el propietario había publicado un video el mismo día del sismo advirtiendo cómo había quedado. Eso explica por qué el conteo de colapsos siguió subiendo durante semanas. No todo lo que se cayó se cayó el lunes.
Se habilitaron albergues en el Parque El Vergel, el Parque El Oso, el Coliseo Mayor, el Parque Olaya, la Plaza de Ferias y el Estadio Mora Mora. Dos llegaron al límite en cuestión de días.
El alcalde Mauricio Salazar declaró calamidad pública y emergencia económica, e impuso toque de queda de seis de la tarde a cinco de la mañana tras reportes de saqueos. El censo de edificaciones arrancó el 12.
Pereira está viviendo una situación muy compleja, y la reconstrucción se mide en años, no en meses. Pero la ciudad no está sola, y lo que se vuelva a levantar se va a levantar bajo norma. Con la ayuda adecuada, Pereira va a resurgir, y va a hacerlo más fuerte de lo que era.
Tres días sin servicios públicos y sin comunicación
Gran parte de la ciudad se quedó sin agua, sin energía y sin internet al mismo tiempo, y así estuvo unos tres días. Algunos sectores todavía no tienen, o lo tienen intermitente, mientras escribo esto.
A nivel nacional, Andesco, el gremio de las empresas de servicios públicos, reportó el 93 % de la demanda afectada ya restablecida en cuestión de días, según XM, el operador del sistema interconectado nacional. Pereira llegó al 90 %. Algunos sectores siguieron sin luz a propósito, por seguridad, no por falta de capacidad. El agua volvió de forma progresiva mientras se inspeccionaban las redes de distribución dañadas. El gas siguió cortado en varias zonas mientras controlaban fugas.
La caída de las telecomunicaciones es la que más me deja pensando, y creo que es la que más daño hizo. Sin señal nadie podía saber nada de nadie, y eso fue lo que sacó a la ciudad entera a la calle a buscar a sus seres queridos, lo que provocó aún más caos. Pero lo que de verdad me pesa es otra cosa: la gente que quedó atrapada bajo los escombros no tenía cómo pedir ayuda ni decir dónde estaba. Creo que con comunicación se habrían salvado muchas más vidas. Fueron tres noches a oscuras y sin forma de comunicarse. Según el MinTIC (el Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones), 3.403 estaciones base móviles quedaron fuera de servicio, de 7.379 en siete departamentos: el 46,1 %. En Risaralda la indisponibilidad llegó al 77 %. Casi la mitad de la red celular de la región afectada, abajo.
El ministerio abrió espectro de forma temporal, volvió obligatoria la interconexión entre operadores para que una llamada pudiera salir por la red que estuviera viva, y liberó las llamadas a líneas de emergencia para usuarios sin saldo. Starlink ofreció servicio gratuito hasta el 12 de septiembre y envió equipos para organismos de respuesta. En Pereira se instalaron antenas.
Esto era importante mencionarlo ahora porque quiero tratar en capítulos posteriores de esta serie las soluciones tecnológicas que aparecieron después: las aplicaciones, los mapas colaborativos, las herramientas que se armaron en cuestión de días para buscar gente y coordinar ayuda. Y no quiero contar esa parte sin contar esta. Durante los primeros días, buena parte de la ciudad no tenía cómo abrir una. Todo lo que se construyó llegó después, y llegó porque la red volvió.
La ciudad se ayudó a sí misma
Esta es la parte más bonita de todo esto, y es lo que me inspira a escribir ahora.
La colaboración que salió de esto ha sido impresionante. Los médicos atendieron sin parar. Los restaurantes cocinaron. El que tenía camión movió cosas. El que tenía un cuarto libre lo ofreció. Estudiantes clasificando donaciones en bodegas durante días enteros. Rescatistas que siguieron mucho más allá del punto en que alguien lo habría llamado razonable. El Colombiano publicó una entrevista con uno de ellos bajo el titular “Estoy donde me toque, lo más importante es ayudar”, y en La Patria, un voluntario que llevaba días removiendo escombros en el barrio La Lorena lo resumió así: “Estamos cansados pero satisfechos de poder ayudar”. Esas son sus palabras, no las mías.
Cada quien aportó desde lo que sabe hacer. Y donde no hacía falta un oficio hacía falta un par de manos: se armaron cadenas humanas para sacar escombros, pasándolos de mano en mano hasta despejar el acceso a lo que quedaba debajo, y para ayudar a evacuar edificios que nadie sabía cuánto más iban a aguantar. CNN grabó una de esas filas, larguísima, moviendo escombros en busca de sobrevivientes. En La Lorena hubo decenas de voluntarios pidiendo silencio para escuchar si alguien seguía con vida ahí abajo.
Yo por mi lado, junto con muchos que nos dedicamos al desarrollo de software, puse a disposición lo que mejor sé hacer: construir cosas que funcionen en internet. No era rescatar a nadie de entre los escombros, pero sí era algo que la ciudad necesitaba y que podíamos entregar rápido. En cuestión de días había mapas de daños, tableros de centros de acopio, herramientas para cruzar reportes de personas desaparecidas, plataformas donde uno podía pedir ayuda o registrar la que estaba en capacidad de dar, directorios de albergues, hasta un clasificado para mascotas perdidas. Algunas se construyeron en horas.
Yo me uní a Corag y he estado apoyando desde entonces. Es un movimiento social que conocí en medio de la emergencia, aunque venía existiendo desde mucho antes, bajo un lema que le hace honor al nombre: “Tenemos coraje para servir y transformar vidas”. Conectan a quien quiere ayudar con quien más lo necesita, bajo una regla que me parece la correcta: cada entrega deja evidencia. Ayudé a construir su landing, entre otras tareas. Pero así como esta hay muchas más iniciativas que se han desarrollado, y he estado armando un mapa de todas ellas, para que las piezas se puedan encontrar entre sí. Ese mapa vive en corag.app/ecosystem.
Todo esto ha traído otros retos que abordaré en los capítulos siguientes. El más evidente es la saturación: soluciones que resuelven lo mismo, que compiten entre sí por la atención de la misma gente y que no se hablan. Hace unos días quienes estamos detrás de varias de ellas nos sentamos a mirar cómo dejar de duplicarnos. De ahí salió Cabuya, un protocolo abierto para que las aplicaciones publiquen y lean los mismos datos sin depender de que alguien las autorice. Cada equipo expone dos archivos en su propio dominio, un manifiesto y un listado de puntos de ayuda en JSON, sin datos personales, y un validador público mide qué tan bien los está publicando. La idea, en palabras del propio proyecto, es que la ayuda “fluya entre sistemas”, bajo un principio que resume bien el momento: “Crecemos juntos: no competimos, nos alimentamos”.
Lo que el terremoto no alcanzó a tumbar
Pereira no ha vuelto a la normalidad y no va a volver pronto. La alcaldía habla de cinco años de reconstrucción y de más de diez billones de pesos. Hay familias esperando que un ingeniero les diga si pueden volver a entrar a su casa, y otras que ya saben que no. Hay gente que duerme mal, que se levanta cuando pasa un camión pesado, que todavía siente que el piso se mueve cuando no se está moviendo.
Si algo me quedó claro en estas dos semanas es que acá la gente no espera a que le digan qué hacer. Lo vi en los rescatistas que siguieron mucho más allá de lo razonable, en los médicos que no pararon de atender, en los psicólogos que se ofrecieron a acompañar a familias que acababan de perderlo todo, en los ingenieros revisando edificio por edificio para decirle a alguien si podía volver a su casa. Lo vi en las filas pasando escombros de mano en mano, en los restaurantes cocinando para desconocidos, en los estudiantes clasificando donaciones en bodegas durante días enteros, en los que manejaron horas con un camión prestado, en los que abrieron un cuarto de su casa, en los que se sentaron a programar toda una noche. Esta es una región de gente trabajadora, y eso es lo único que el terremoto no alcanzó a tumbar.
Pero la voluntad sola no alcanza cuando lo que hay por delante son muchos años de trabajo duro. Ahora empieza la segunda fase, la que ya no sale en el noticiero: inspeccionar, demoler, reubicar, reconstruir. Va a exigir muchísimo más esfuerzo que el rescate y va a durar mucho más tiempo, y para eso Pereira necesita ayuda de verdad, la del gobierno, la de las entidades, la del país entero. Con esa ayuda no me cabe duda de que la ciudad va a renacer. La gente que la va a levantar ya mostró de qué está hecha.
A seguir construyendo.
Recursos
- Servicio Geológico Colombiano — actualización oficial sobre el sismo de San José del Palmar
- Chequeado — preguntas y respuestas para entender qué pasó
- El Tiempo — balance oficial de la UNGRD
- USGS — ficha técnica del sismo, mecanismo focal y clasificación de la falla
- El Tiempo — por qué Armenia no tuvo estructuras colapsadas
- El Tiempo — la NSR-10 según los expertos: desactualizada y urgente de reformar
- Semana — la mayoría de las construcciones en Colombia no se diseñan con la NSR-10
- NSR-10, Título A — texto oficial del Reglamento (PDF): objeto, alcance y niveles de desempeño
- NSR-10 — qué es el Reglamento Colombiano de Construcción Sismo Resistente
- El Espectador — Chocó ya vivía el desamparo: la pobreza monetaria por departamentos
- El Tiempo — Pereira inicia su reconstrucción: cinco años y más de diez billones de pesos
- UNGRD — portal oficial de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres
- Servicio Geológico Colombiano — portal de monitoreo sísmico en tiempo real
- Cabuya — protocolo abierto para que las apps de ayuda publiquen y lean los mismos datos
- corag.app/ecosystem — directorio de las apps de ayuda construidas tras el terremoto

Sergio Alexander Florez Galeano
CTO y Cofundador en DailyBot
Ingeniero de software y emprendedor colombiano (DailyBot, YC S21). Escribo sobre agentes de IA, herramientas para desarrolladores, startups y el arte de la ingeniería de software, y construyo este sitio a la vista de todos en XergioAleX.com.
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